No, las encuestas no manipulan

Si la semana pasada publicamos “No, no es culpa de la Ley d’Hondt” para explicar una de esas falsedades que muchas veces se buscan para explicar los resultados electorales. Como la entrada tuvo un éxito inesperado, hoy publicamos otra pieza desde la que se va a intentar desmontar otro de esos falsos mitos que circulan en la política española, el que dice que “las encuestas manipulan”.

Es una constante que, ante la publicación de cualquier sondeo de opinión, leer quejas del estilo “está cocinado”, “a mí no me han preguntado”, “todo es falso” o “vaya preguntas”. Sí, es cierto que a veces hay encuestas con preguntas intencionadamente dirigidas a obtener un resultado u otro, y que, en el apartado de intención de voto, que es el que mira principalmente la población que consulta un sondeo, los resultados entre la intención directa y la indirecta muestran notables diferencias, pero resulta arriesgado decir que las encuestas manipulan.

Esas críticas suelen venir e ciudadanos anónimos o incluso de políticos de alto perfil. En éstos últimos, es posible que los lectores recuerden el sonado vídeo de la candidata de Podemos a la presidencia de la Junta de Andalucía, Teresa Rodríguez, criticando el, según ella, maltrato al que habían sometido las encuestas a su partido. Bien, pues la realidad es que las encuestas acertaron prediciendo los resultados de la formación morada.

Normalmente los sondeos de opinión más fiables se realizan de forma presencial o telefónica. Aunque internet es otra vía, aún sigue existiendo una brecha generacional muy fuerte para poder considerar sus resultados como fiables. Las otras dos opciones, aun presentando sus desventajas, son más representativas. Ambos tipos de encuestas infrarepresentan a los colectivos en riesgo de exclusión social, además de a aquellas personas que viven en barrios “conflictivos”. Por otro lado, cualquier encuesta también hace lo propio con aquellas personas no interesadas en política, ya que son más reacios a contestarla. Por otro lado, las personas con un nivel de estudios bajo se encuentran en la misma disyuntiva que lo anteriores, ya que no suelen contestar a ellas.

Es por esto que los sondeos de opinión, pese a ser realizados de forma aleatoria (algo que con internet no se logra), presentan muestras de población que no se adecuan completamente a lo que es la sociedad. Y, aun lográndolo, los analistas se enfrentan a otro problema: La gente miente en las encuestas. ¿Y cómo sabemos que los encuestados no dicen la verdad? Pues, porque por ejemplo, si miramos los datos que nos ofrece la encuesta postelectoral del CIS, publicada a principios de mayo, un 88’1% de los encuestados declararon haber ido a votar, mientras que la participación el 20 de diciembre solo fue de un 73’2%. También podemos ver cómo, en la misma encuesta, un 21’9% declaró haber votado al Partido Popular, que sin embargo obtuvo un 28’7% de los votos. Si miramos la encuesta postelectoral de 2008, vemos resultados similares.

Por lo general, la gente dice que vota más de lo que lo hace y, ¿casualidad?, suele olvidar que votó a partidos de derechas con facilidad. Es por ello por lo que se deben aplicar elementos correctores a las respuestas de los encuestados, de ahí la mal llamada “cocina”.

Para entender porque se corrigen los resultados, hay que saber diferenciar entre intención directa y estimación de voto. La intención directa es lo que el encuestado responde cuando le preguntan a quién piensa votar. Sin embargo, un alguien puede declarar que tiene simpatía por un partido, valorar al máximo a su líder, decir que es el más cercano a él pero, a la hora de la pregunta de marras, decir que no sabe a quién votaría, o no contestar. Es ahí dónde entra en juego la estimación de voto, que es el resultante de aplicar elementos correctores a las respuestas de la intención directa, elemento que componen la ciencia llamada demoscopia.

Entonces, ¿Por qué se estima el voto? La respuesta se puede entender por la deseabilidad social. Es el mismo motivo por el cual los entrevistados suelen decir que votan (aunque no lo hicieran), o aquellos de renta muy alta suelen tender a reducirla). También está el factor clave del voto oculto, es decir, que el entrevistado se avergüence de la opción escogida (suele darse con partidos situados en los extremos políticos) y por tanto prefiere no responder a la pregunta.

Por último, se dice que las encuestas manipulas y que se hacen para generar una corriente de opinión, pero, si atendemos a los dos estudios postelectorales del CIS comentados anteriormente, vemos que la influencia que tienen en el voto es muy limitada (almenos eso dicen los encuestados). En ambos casos, aproximadamente un 60% de los encuestados dicen conocer sondeos preelectorales, y de ese porcentaje, solo un 10% confiesan que el resultado de los sondeos les influyo entre mucho y bastante a la hora de ir a depositar su voto, siendo el efecto de refuerzo de voto, es decir, de confirmar el voto al partido al que ya tenían pensado hacerlo.

Y vosotros, tras leer ésto, ¿qué opinión tenéis de los encuestas electorales?

¿Dónde quedaron los círculos?

Desde su fundación, Podemos ha reivindicado una nueva forma de hacer política. Quisieron reivindicar el poder de las bases, organizadas en círculos, y cambiar el eje en el que buscar votos, abandonando el viejo izquierda/derecha y substituyéndolo por un los de arriba/los de abajo.

Durante la campaña de las elecciones europeas de 2014, la respuesta más socorrida del equipo de redes del partido era “los círculos decidirán”. Así pues, parecía que Podemos era algo diferente, alejado de la típica organización vertical de un partido tradicional.

Nada más lejos de la realidad. Desde la asamblea de Vistalegre, Podemos se ha ido transformando paulatinamente en un partido tradicional, algo que en los sectores más a la izquierda del partido (Anticapitalistas, por poner un ejemplo) no ha sentado muy bien.

Tras el inesperado éxito de mayo de 2014, la formación morada se enfrentó a un dilema terrible. Por un lado, la organización horizontal era la base sobre la que se tenía que construir el partido y sobre la que habían basado su campaña. Por otro lado, en la dirección de Podemos hay gente muy inteligente, y saben muy bien que si se quiere construir un partido sólido, hay que limitar al máximo la organización horizontal y establecer estructuras sólidas de partido, lo que comúnmente viene siendo conocido como el “aparato”.

Así pues, tras Vistalegre, Podemos se empieza a parecer poco a poco al resto de partidos tradicionales, lo que va originando fricciones con diferentes estructuras regionales. Andalucía, con Teresa Rodríguez a la cabeza, es una constante, ya que las formas de actuar del equipo de Pablo Iglesias diferían con las del equipo andaluz, dominado por el sector proveniente de Anticapitalistas. Por otro lado, esas mismas fricciones sobre la forma de actuar del partido acabaron en la salida del partido de Juan Carlos Monedero, hasta ese momento uno de los miembros más destacados del mismo.

De cara a las elecciones municipales, desde el aparato del partido se decidió que Podemos no podría presentarse bajo su marca a las mismas, hecho que originó diversos problemas, limitando así el poder de los círculos locales, que veían como pasaban de ostentar el poder absoluto del partido pre-elecciones europeas (o almenos así decían), a ser meros peones en el tablero de ajedrez del rey Iglesias.

La elaboración de listas para las generales acabó de confirmar los peores presagios. Mientras los círculos locales y provinciales elaboraban sus propias listas, desde la dirección central se establecieron diversos paracaídas para asegurar que algunas de sus principales caras conocidas o “fichajes” obtuvieran escaño en el Congreso, pasando por encima de la decisión que el círculo había adoptado.

Por último, la situación postelectoral. Pese a que desde el entorno de Pablo Iglesias se repitió por activa y por pasiva que cualquier pacto postelectoral o decisión importante se consultaría a la militancia. Sin embargo, la dirección de Podemos decidió no apoyar el primer intento de investidura sin contar con la opinión de sus bases. No obstante, Pablo Iglesias dijo este sábado que consultarían a la militancia un futuro pacto, pero solo si el acuerdo al que se llega es de su gusto. O lo que es lo mismo, no preguntará qué tipo de pacto quieren sus militantes, sino que les pedirá que aplaudan el que él quiere.

Volviendo al tema organizativo, desde el cese de Sergio Pascual (una decisión muy poco horizontal) hasta el nombramiento de Pablo Echenique como su sustituto las funciones de Secretario de Organización recayeron en el Secretario General del partido, Pablo Iglesias. Otra muestra más de la transformación de Podemos en un partido tradicional. Y es que desde Vistalegre, la formación morada ha ido construyendo una estructura organizativa cada vez más similar a la del PSOE.

Así pues, la pregunta que nos hacemos es la siguiente: ¿Dónde quedaron los círculos?